Jun
18

E.M.A. vuela hacia el D.F.

Selectos miembros “Oro repujado”, “Golden-Starway-to-heaven”, “Plata”, “Bronce”, “Oscar a los mejores efectos especiales”, “Ídolo de barro”, y “Premio consolación” de Aerolíneas Secretas de la Ciudad Primavera:

Antes del despegue, desde mi ventanilla puedo ver con todo detalle la expresión de “¡Ya me tiene hasta la madre de cargar maletas que huelen a queso añejo!” del caballero vestido de naranja, casco, gafas industriales y botas con punta de acero, cuya Visión, Misión y Objetivo Estratégico este día son cargar las maletas que huelen a queso añejo de los pasajeros que se dirigen al Distrito Federal.

Me siento como astronauta en transbordador espacial si se considera que mis viajes por lo general son por tierra, en buses que recorren los baches, grietas y abismos de las carreteras de mi país. Esto de volar es como acercarme a la “experiencia única” de rascarle la barriga a un sueño. ¿Me entienden? ¿No? Bueno, es parecido a uno de mis viajes astrales en los que he atisbado la geografía de otros lugares tal si fuera una sábana multicolor de manchas de vaya-a-saber-usted-que-sospechoso-origen.

Desde el aire es como si no existieran los problemas ordinarios, porque todo se empequeñece. ¿Ahora sí me entienden? Es aquella mágica sensación de poner del tamaño de un microbio a todas esas fuentes de perturbación cotidianas: al gritón de tu jefe; el perro chiguagua  con vocación de piraña que te ladra de manera injustificada en el parque; la espinilla que una buena mañana surge desde las profundidades de la epidermis para desfigurar la nariz del adolescente de ayer hoy y siempre; el gol en el minuto 89 y 1/2 que le hacen a tu equipo favorito; en fin. ¿Están seguros de que me entienden? ¿Sí? Bueno, ¡entonces a ver si quitan esa cara de “parece que E.M.A. ya está coqueteándose otra vez con Miss Delirium Tremens”!

Avion

Prosigo. Ahora mismo la voz sinusítico-electrónica de la azafata dice “Queridos pasajeros, el día de hoy nuestro destino es el destino” (¿?). Desde el asiento de atrás mío una madre y su chamaco, con pocas ganas de filosofar, sueltan una carcajada, al tiempo que repiten con musicalidad chilanga “¡Sí, claro, nuestro destino es el destino!”. A la distancia la azafata se da cuenta de su desliz, pide oxígeno para refrescarse el cerebro y se corrige: “Queridos pasajeros y chilangos socarrones, nuestro destino es el D.F.”.

Sí, mi destino es el D.F. Este servidor de ustedes, E.M.A., hoy vuela a aquella ciudad donde el mito indica que el “Divino Richard”, deidad principal de la Iglesia de Ricardo Arjona,   trabajó como taxista; donde no hay valquirias sino charros; y las tortas no son de cumpleaños, sino de delicias como chorizo, queso, tomate, huevo frito, Whopper, cebolla y jamón; y las piñatas constituyen en sí mismas un microcosmos en el que se puede quedar atrapado con gran satisfacción mi niño interior; y donde Frida Kahlo le pinta retratos a Octavio Paz, mientras Carlos Monsiváis les celebra tanto arte.

Está podría ser una oportunidad para rendirle mi segundo tributo, o el tributo del tributo, al estilo de la azafata de este vuelo, a Mr. Great Don Ramón, ícono, nunca “Ídolo de barro” ni “Premio consolación”, de la cultura pop de América Latina.

Dicho todo esto procedo a surcar con placidez los cielos con rumbo al Distrito Federal … en el asiento de atrás mío la madre le dice a su chamaco para que deje de molestar “¿Ves esa nube con forma del Hombre Araña…?”

Más noticias en breve desde una pirámide azteca sepultada en el inframundo de la Zona Rosa, donde queda mi hotel.

Hasta muy pronto,

E.M.A.

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